OLIVAR.
Me obligué a concentrar la vista en los informes financieros que tenía sobre el escritorio. Aunque de vez en cuando iba a la oficina central para marcar presencia, prefería trabajar desde el despacho de la mansión para no perder de vista lo que sucedía en mi territorio. Manejaba una de las petroleras más grandes de la región y varias empresas diversificadas en el mercado global; éramos el motor económico que sostenía a la manada y lo que nos convertía en una de las facciones más poderosas e influyentes del mundo.
Pero aquel día, los números no tenían sentido.
Intenté sumergirme en los documentos de exportación, buscando en las cifras un refugio para no pensar en Emely. Mi lobo, Varko, estaba inquieto, arañando mi consciencia con una mezcla de posesividad y angustia. La idea de su cuerpo humano intentando albergar mi sangre me quemaba. Cada vez que cerraba los ojos, la veía a ella: frágil, asustada y cargando con un poder que podría destruirla.
Un golpe seco en la puerta me sac