EMELY.
El sol de la tarde caía suave sobre el jardín, tiñendo de dorado las flores que Selene cuidaba con tanto esmero. Me encontraba sentada en el banco de piedra, concentrada en el movimiento rítmico de mis manos. Desde que mi suegra me enseñó a tejer, se había convertido en mi terapia, en la única forma de mantener mis dedos ocupados para no afilar mis garras antes de tiempo. La lana se deslizaba entre las agujas mientras Kasidy, sentada detrás de mí, me peinaba el cabello con delicadeza.
—E