ACERO EN SU PECHO

EMELY.

Se quedó en silencio un momento, mirando a la chica del cuenco con una tristeza que me encogió el corazón.

—Por eso morí aquella vez —continuó, y sentí el peso de milenios en sus palabras—. Cuando te arrebataron de mi lado en esa era de cuevas y selva, la luz se apagó para mí. Una loba sin su humana es solo un cuerpo vacío. Me dormí, Emely. No quería cazar, no quería correr, no quería existir en un mundo donde tus pies no pisaran la tierra.

Acaricié sus orejas, sintiendo una lágrima corr
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