EMELY.
Habían pasado dos días desde la llamada de Sebastian. Dos días de rastreos silenciosos, de informes incompletos y de una tensión que se podía masticar en el aire de la habitación. Me quedé apoyada contra la pared fría, observando la escena en la cama. Olivar estaba tumbado de espaldas, dejando que Kaelen y Zaleia gatearan sobre su pecho. Él se reía por lo bajo, sosteniendo las pequeñas manos de Zaleia para que no se golpeara, mientras Kaelen intentaba morderle la barbilla.
—No podemos se