Stavros, Helena y Teresa llegaban al hospital. Eliot se había quedado para pasar la tarde con su ahijada; la pequeña Irina no había tomado muy bien la llegada de sus hermanitos.
En cuanto sintió el golpe en la puerta, Alekos supo que era su padre. Se puso de pie, abrió la puerta y sonrió.
—Bienvenido, papá. Pasen —dijo Alekos.
—Cariño, ¿cómo te sientes? —preguntó Teresa mientras le daba un beso a su sobrina. Helena miraba maravillada a su sobrina que dormía en la cunita.
—Muy bien, algo cansada pero feliz —respondió Dakota.
—Siéntate, papá, por favor. —Stavros se sentó junto a la cama, mirando a su nieto que se encontraba pegado al pecho de su madre.
—Son hermosos, hija. Me has dado lo más hermoso que un hombre puede tener: nietos —dijo Stavros.
—Son preciosos, Dakota —dijo Helena.
La niña comenzó a quejarse. Alekos se acercó a su hija y, con mucho cuidado, la tomó en brazos. Se acercó a su padre y la puso sobre sus brazos.
—Sostenla, papá. Ella es tu nieta, Amélia R