Stvros sonreía mientras miraba a través del vidrio a sus hermosos nietos: un par de niños iguales a su madre.—Son hermosos, hijo —dijo el, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.
—Lo son, papá. Deberían ir a descansar. Dakota necesita dormir —respondió Alekos.
—Está bien, pero volveré más tarde. Quiero ver a mi nuera.
—De acuerdo, papá. Pero ve a descansar un rato.—Son hermosos, Alekos. Felicidades —dijo Penélope, abrazando a su hermano.—Luego volveremos —añadió Helena.
—Les saqué varias fotos, mi ahijada las va a amar —añadió Eliot
Alekos se despidió de su familia y fue hacia la sala de partos a preguntar por su esposa.—Señor Ravelli, su esposa ya está en la habitación. Sígame —dijo la enfermera.
Alekos la siguió. Ella abrió la puerta y ahí la vio.—La dejaremos dormir. Si todo sigue bien, a la tarde le traeremos a sus hijos. Debería ir a descansar.—Prefiero quedarme aquí, por si despierta.—No va a despertar pronto. Vaya a descansar —insistió la enfermera.—Está bien… iré