Era verano y Penélope había decidido inscribirse en un taller de pintura. Había transcurrido un mes y, ese día, iban a pintar un retrato de un modelo.
Penélope miraba tímidamente al modelo, quien se encontraba desnudo. Era alto, atractivo, con un cuerpo bien trabajado y unos penetrantes ojos grises. Fue en el momento en que cruzó su mirada con él que lo sintió en cada uno de sus huesos: ese sería el hombre con el que pasaría el resto de su vida.
Solo una mirada fue suficiente. Empezaron a verse durante meses a escondidas.
Christopher tenía miedo, pues sabía bien a la clase de familia a la que pertenecía Penélope. Nunca lo aceptarían. Tal vez, cuando él terminara la universidad y si su padre terminaba preso, podría pedir su mano.
Los meses transcurrieron y la relación prosperó. Christopher amaba a esa mujer, pero su padre, Daríus Anastas, se enteró y, una vez más, arruinó la vida de su hijo.
Christopher odiaba a su padre. Nunca le perdonaría el maltrato al que había sometido a su