Christopher Anastas conducía su Audi R8 a toda velocidad, dejando atrás a la ambulancia.Quería ver a Alekos Ravelli retorcerse de sufrimiento. Quería que se arrastrara suplicando piedad.
Alekos había recibido cientos de llamadas; todos le ofrecían su apoyo, mientras la prensa se agolpaba frente a la Villa Ravelli.Bastian Kourakis padre de Calista, había acudido para solidarizarse con la familia.
—Entiendo tus motivos. Si estoy aquí es para colaborar en todo lo que pueda. Por cierto, Alekos, hoy me llamó Elliot Blackston. Viene para aquí.—Él no tiene nada que hacer aquí —respondió Alekos con frialdad.
Teresa lo miró con cierto recelo. No era momento para juegos de orgullo.
—¿Es el padrino de Irina? —preguntó Stavros.—Sí… y el galán, o amante, de ella —dijo Alekos con un tono cortante.
—Amigo y padrino de tu hija —replicó Teresa con firmeza—. Deberías estar más agradecido por lo que ha hecho por ella. Si no fueras tan cínico, Dakota estaría aquí. Eres el único responsable.
—Tal vez sea