Christopher Anastas conducía su coche. Había logrado despistar a los custodios de Ravelli, y recordar la cara del imbécil no tenía precio. Planeaba torturar a Alekos Ravelli durante largo tiempo.
En la casa de los Ravelli, las cosas no marchaban bien después de la visita de Christopher. Alekos, en un ataque de ira, destrozó todo lo que tuvo a mano en la biblioteca de su padre. El ruido era tan fuerte que Hipólita lo escuchó desde la cocina, pero no se atrevió a abrir la puerta; en cambio, fue en busca de Stavros.
Al ver el rostro preocupado de Hipólita, Stavros comprendió que algo grave sucedía.
Bajó las escaleras y el estruendo se escuchaba cada vez más cerca. Al abrir la puerta, la imagen de su hijo desencajado, rompiendo todo, le dolió en el alma.
—Cálmate, ¿qué ocurre? —preguntó Stavros.
Alekos rompió un vidrio con su mano.
—La tiene Christopher Anastas —dijo, dejándose caer al suelo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó su padre.
—Vino a decírmelo… y trajo esto —señaló el vestido de Dakota