Irina se quedó mirando a su madre.
—¿En serio… él es mi papá? —preguntó la pequeña, con los ojos muy abiertos.
—¡Sí, soy tu papá! —respondió Alekos, tomándola en brazos con ternura.
—¿Por qué no viniste antes? —preguntó Irina con seriedad, mirándolo a los ojos.
—Porque tu mamá se fue y no sabía dónde encontrarlas. Pero ahora que estoy aquí… te juro que nunca más nos vamos a separar.
—¿Y puedo llamarte papá?
—Me encanta que me digas papá —contestó Alekos, conmovido.
Irina lo abrazó con fuerza.
—Papá —susurró.
Esa noche, durante la cena, Irina le preguntó a su madre si Alekos podía quedarse a dormir allí.
—Solo hay dos cuartos —dijo Dakota, algo incómoda.
—Pero puede quedarse en mi cuarto, y usar el colchón inflable, el que usa el tío Elliot… o en el sofá que se hace cama.
—Está bien —dijo Dakota, reprimiendo las ganas de gritarle a su hija. Se sentía extrañamente desplazada. Desde que Irina supo que Alekos era su padre, ya no tenía ojos más que para él. Dakota se había vuel