Stavros Ravelli estaba sorprendido; tenía una nieta. Se encontraba en su casa, a punto de desayunar en el jardín, junto a su hija menor, Helena, contándole las últimas novedades.
Helena no podía creer que su hermano mayor tuviera una hija. Aunque con la fama de Alekos era de esperarse. Sonrió, hasta que, por el rabillo del ojo, notó que se acercaba Freya. Por alguna razón, no la soportaba.
—Buenos días, Freya. Toma asiento, por favor. ¿Cómo van las cosas en la empresa? —preguntó Stavros.
Freya llevaba dos días en Grecia por pedido de Alekos, ocupándose de los problemas de la empresa, aunque su mayor preocupación era saber qué estaba ocurriendo con él. En todos los años que llevaba trabajando para Alekos, era la primera vez que delegaba un asunto importante.
—Gracias, señor Ravelli —respondió mientras se sentaba—. Las cosas marchan mejor. Hoy retomaremos la producción. Me sorprende que Alekos no haya venido —comentó.
—Qué buena noticia. Me tenía preocupado. Hay que cumplir con los