Hacía una hora que Alekos se había ido, pero Dakota seguía sentada en el sofá. Maldito sofá… casi logra que terminara teniendo sexo como un animal, aunque no era culpa del sofá. Era culpa de Alekos. Él no la dejaba pensar, y cuatro años de abstinencia tampoco ayudaban.
Seguía reflexionando sobre lo que él le había preguntado, y sobre su confesión respecto al aborto. ¿Y si lo había malinterpretado? Aunque no le importaba que ella se hubiese ido… Y si él tenía razón, ¿y si Irina algún día le reclamaba no haber tenido a su padre cerca? Pero ¿qué clase de ejemplo sería un cretino mujeriego? Decidió irse a dormir, pero fue en vano: no pudo conciliar el sueño por tanto pensar.
Se levantó a ordenar. Cuando Irina se levantara, podrían disfrutar de un día de playa.
Mientras tanto, Alekos desayunaba solo, reflexionando sobre todo lo ocurrido. Dakota había cambiado mucho. Nada estaba resultando fácil. Para colmo, su padre Stavros estaba furioso. Alekos había estado esquivando sus llamadas, pe