Tirada en el piso, Dakota no podía creer lo que estaba sucediendo. El peor de sus temores se había vuelto realidad. Alekos Ravelli estaba en su casa, fuera de sí. Como pudo, se puso de pie e intentó salir de la sala de estar.
Pero Alekos fue más rápido. La tomó con fuerza de la muñeca.
—¡Te tengo, maldita! —gritó mientras la sacudía con violencia y la arrojaba contra el sillón.
—¡Por favor, Alekos! ¡Me estás haciendo daño! ¡Cálmate! —suplicó Dakota, asustada.
—¿Por qué permites que tu amante de turno se lleve a mi hija? ¡Maldita seas!.
Dakota no podía creer el descaro de ese hombre. ¿Quién demonios se creía que era para irrumpir en su casa, insultarla y hablar de su hija, como si él hubiera estado presente en algún momento?.Precisamente él, que cambiaba de mujer como de camisa. Respiró hondo, reunió valor y respondió:
—¿Quién te crees que eres para entrar a mi casa a exigirme explicaciones sobre lo que hago con mi hija? ¡Y encima vienes a insultarme! Lárgate de aquí o llamaré a la pol