Elena cayó de rodillas, respirando con dificultad. Las llamas en sus manos se extinguieron lentamente.
—¿Y si es verdad? —susurró—. ¿Y si él cree que ella es su destino?
Lucía se arrodilló junto a ella, tomándole el rostro entre las manos.
—No puedes creerle, debes confiar en lo que sientes, no cometas el error que cometí yo, me dejé manipular por ella.
Elena cerró los ojos. No por miedo.
Sino porque sabía que lo más difícil no sería la guerra.
Sería elegir qué parte de sí debía salvar…