Kael llegó al claro jadeando. Había seguido el rastro de Elena desde el campamento al notar su ausencia y la agitación del Saelith, que se negaba a quedarse quieto. Cuando la vio de pie en el centro del círculo, rodeada por símbolos grabados en piedra y ceniza, entendió lo que estaba por hacer.
—¡Elena, detente!
Ella no se giró al oírlo. Siguió murmurando las palabras del conjuro, su voz temblando por dentro pero firme por fuera. El Saelith levantó el cuello, tensando sus alas traslúcidas com