La casa de Ailén estaba en silencio, pero en el pequeño jardín, bajo la luz pálida de la luna, Lucía esperaba. El aire estaba fresco y la noche parecía guardar secretos.
Amadeo apareció, sus pasos suaves sobre la hierba. Se detuvo a su lado, sin decir nada al principio. Sus ojos, mostraban una melancolía profunda.
—La partida de Darek… —comenzó Lucía con voz baja— me ha dejado un vacío que no sé cómo llenar.
Amadeo la miró, con la mirada fija en la luna.
—Él me recuerda a mí mismo, cuando elegí