Elena se despertó en una cabaña de madera y piedra, envuelta en un calor tenue que no venía del fuego, sino de la energía latente en el ambiente. La cama era dura. Rústica. El aire olía a musgo, resina y humo.
Darek estaba junto a la ventana, sin camisa, con un pantalón oscuro cubriéndole la parte baja del cuerpo. El sol atravesaba su espalda, delineando músculos y cicatrices.
Elena se sorprendió al descubrir que lo estaba observando sin pestañear.
Él lo notó. Sonrió de lado, sin volverse.
—¿Do