La noche cayó con un silencio espeso, interrumpido solo por el crepitar de la pequeña fogata que Darek encendió bajo un roble seco. No había palabras entre ellos desde que encontraron el refugio abandonado. Elena se mantenía atenta a los sonidos del bosque, pero más aún a los silencios de Darek.
Lo observaba de reojo mientras él afilaba su cuchillo con movimientos lentos, casi mecánicos. Había algo en su rostro… cansancio quizas.
—No duermes mucho, ¿verdad? —preguntó ella, rompiendo el silencio