El cielo amanecía enrojecido. No era el color de un nuevo día, sino de advertencia.
Elena se despertó sobresaltada por un ruido seco, como un trueno lejano. Pero no era tormenta. El suelo vibraba. Ailén irrumpió en la habitación con el rostro lívido.
—Nos encontraron.
Lucía saltó de la cama. Amadeo entró tras ella, los ojos convertidos en acero puro.
—No hay tiempo. Deben correr. Ahora.
—¿Y tú? —preguntó Lucía.
—Yo los detendré.
—No vas a morir por nosotras —dijo Elena, firme.
Amadeo la miró. P