Elena dormía envuelta en la calma falsa del bosque. Afuera, el fuego moría lentamente, y solo el canto lejano de una criatura nocturna rompía el silencio. Pero en su mente, todo era luz.
Un resplandor blanco, que no quemaba, la envolvía. Y en medio de esa neblina luminosa, la vio.
El cuerpo alargado del Saelith flotaba sin peso, moviéndose como una corriente viva. Sus alas etéreas latían como si respiraran magia, y sus ojos, la miraban con una mezcla de ternura y determinación.
La criatura no h