La grieta parecía dormida.
Elena y Lucía se detuvieron a pocos metros del círculo. El mismo suelo quemado, los símbolos girando lento como si respiraran.
—¿Segura de esto? —preguntó Lucía, sin moverse aún.
—No —respondió Elena—. Pero tengo que verlo con mis propios ojos. Tengo que saber hasta dónde es capaz de llegar.
Lucía asintió. Se quitó el colgante de plata y lo sostuvo entre los dedos. Un relicario. Dentro, una gota de su sangre. Un ancla.
—Esto nos devolverá si algo sale mal.
—Gracias