Rosanne y Roberto salieron juntos del edificio, caminando lado a lado, aun con la emoción palpitando en el aire tras lo ocurrido en el campus. Ella sentía el corazón acelerado, no solo por lo que había dicho frente a todos, sino porque, por primera vez, no estaba fingiendo. Roberto estaba allí, a su lado, real, presente, y eso lo cambiaba todo.
Apenas habían dado unos pasos cuando Rosanne se detuvo en seco.
Frente a ellos estaba esa mujer.
Alta, elegante, con una mirada crítica que siempre parecía evaluar cuánto valía una persona en términos de utilidad. La madre de Carlos.
—¡Rosanne! —exclamó con un tono entre indignado y acusador—. ¿Qué haces con este muchacho? ¿Acaso así es como pretendes que mi hijo te pida ser su novia?
La voz de la mujer resonó como una bofetada. Roberto tensó el cuerpo, dispuesto a dar un paso al frente, pero Rosanne levantó ligeramente la mano, indicándole que no interviniera. Esta vez, ella se haría cargo.
La miró de frente, sin bajar la vista.
En su mente, lo