Rosanne fue hasta el edificio de deportes con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera salirse de su cuerpo. Cada paso le pesaba, no por cansancio, sino por miedo. Miedo de llegar tarde. Miedo de verlo partir. Miedo de que el destino volviera a repetirse tal como en aquella otra vida que aún le ardía en la memoria.
Se detuvo a unos metros del campo.
Ahí estaba él.
Roberto corría detrás del balón con el uniforme deportivo, el cabello ligeramente despeinado, el rostro concentrado. El sol de la tarde lo iluminaba de costado y, por un instante, Rosanne olvidó todo lo demás. Solo lo miró. Como si quisiera grabar esa imagen en su alma por si no volvía a tenerla.
Su corazón se encogió.
Recordó al Roberto de la otra vida: serio, silencioso, marchándose sin despedirse, desapareciendo de su mundo para siempre. No. No iba a permitirlo otra vez.
Desde la banca, uno de sus compañeros le habló con naturalidad, sin saber que estaba a punto de cambiarlo todo.
—¿Cuándo te vas? —le preguntó su m