Rosanne no dejaba de golpear la puerta.
Sus nudillos ardían, la piel le palpitaba, pero no se detenía. Cada golpe era una súplica desesperada, un intento por silenciar ese presentimiento oscuro que le oprimía el pecho. Sentía que algo terrible estaba a punto de suceder. Algo que no solo podía cambiar la noche… sino su destino entero.
Algo que podía arrastrarla de vuelta a su pasado.
—Abre… por favor, abre… —murmuraba entre dientes, con la respiración agitada.
Golpeó con más fuerza, hasta que la puerta finalmente se abrió de golpe.
Rosanne se quedó inmóvil por una fracción de segundo al ver a Carlos Duarte frente a ella. Él parecía sorprendido, incluso aliviado, pero a ella no le importó. No tenía tiempo para explicaciones ni para enfrentamientos. Su mente solo repetía un nombre como un eco aterrador.
Roberto.
Él estaba en peligro.
Empujó a Carlos sin miramientos y salió corriendo por el pasillo, ignorando su exclamación.
—¡Rosanne, espera! ¡Tenemos que hablar de lo que dijiste a mi mad