Capítulo: Él está aquí.
—La fortuna de Camely no te pertenece y no tocarás ni un solo centavo —sentenció Zacarías con una frialdad que cortaba la piel—. Y ahora largo de aquí. No quiero volver a verlos.
El aire en la habitación se volvió espeso, casi irrespirable. Romina abrió la boca, temblorosa, como si quisiera decir algo más, como si aún creyera que podía manipular la situación. Pero Zacarías ya no la miraba. Sus ojos estaban fijos en un punto invisible, endurecidos por el dolor, por el duelo que se negaba a ceder.
—¡Hijo! —gritó Romina, con un hilo de voz que mezclaba desesperación y rabia.
—Fuera… —repitió él, sin alzar el tono, pero con una autoridad definitiva.
No hubo discusión posible. Uno a uno, todos salieron del despacho, arrastrando consigo el eco de una derrota amarga.
En el pasillo, Gael tomó del brazo a Romina con brusquedad. Sus dedos se clavaron en la carne como si necesitara descargar en ella toda su frustración.
—No me importa lo que hagas —le susurró entre dientes, con el rostro desencaj