Una semana después.
Camely permanecía sentada en la cama, con la espalda apoyada contra el respaldo y las manos temblorosas sobre el vientre.
La habitación era amplia, silenciosa, demasiado blanca para su estado de ánimo. Afuera, el mundo seguía girando como si nada hubiera pasado, pero para ella el tiempo se había detenido el día del accidente, el día en que había muerto para todos… excepto para sí misma.
Su teléfono vibró sobre la mesita de noche. Una videollamada entrante.
Orson.
El corazón le dio un vuelco violento. Durante unos segundos no fue capaz de responder. El miedo se apoderó de ella: miedo a escuchar malas noticias, miedo a que algo hubiera salido mal, miedo a que su mentira estuviera a punto de desmoronarse. Respiró hondo, cerró los ojos y, finalmente, aceptó la llamada.
La imagen apareció en la pantalla y Camely no pudo contener el llanto.
Orson estaba allí… pero no estaba solo.
A su lado, sentada en una silla del hospital, estaba Nana María.
—Nana… —susurró Camely, llev