Una semana después.
Camely permanecía sentada en la cama, con la espalda apoyada contra el respaldo y las manos temblorosas sobre el vientre.
La habitación era amplia, silenciosa, demasiado blanca para su estado de ánimo. Afuera, el mundo seguía girando como si nada hubiera pasado, pero para ella el tiempo se había detenido el día del accidente, el día en que había muerto para todos… excepto para sí misma.
Su teléfono vibró sobre la mesita de noche. Una videollamada entrante.
Orson.
El corazón l