—¡Zacarías está aquí! —su grito cortó el aire de la hacienda, quebrando la calma relativa de la tarde.
Camely retrocedió un paso, su corazón golpeándole el pecho con fuerza. Su respiración era agitada, entrecortada, y un frío recorrió su espalda. El pánico se apoderó de ella como un manto oscuro e implacable.
—¿Vino a matarme? —susurró para sí misma, con los ojos desorbitados, temiendo lo peor.
María, su nana de siempre, la sujetó con firmeza, como si su abrazo pudiera contener la tormenta que estaba por desatarse.
—Hija, cálmate… —dijo con voz firme, tratando de imponer un hilo de serenidad.
Pero Camely no podía controlarse. Sus manos temblaban, sus pies querían correr y escapar de aquel presagio ominoso.
—¡Tengo que esconderme! —gritó, casi en un sollozo, sintiendo que el peligro estaba a solo unos pasos de ella.
El empleado de la hacienda, un hombre robusto y confiable, apareció de la nada y, sin mediar palabra, tomó a Camely del brazo y la condujo apresuradamente hacia la parte tra