—¡Zacarías está aquí! —su grito cortó el aire de la hacienda, quebrando la calma relativa de la tarde.
Camely retrocedió un paso, su corazón golpeándole el pecho con fuerza. Su respiración era agitada, entrecortada, y un frío recorrió su espalda. El pánico se apoderó de ella como un manto oscuro e implacable.
—¿Vino a matarme? —susurró para sí misma, con los ojos desorbitados, temiendo lo peor.
María, su nana de siempre, la sujetó con firmeza, como si su abrazo pudiera contener la tormenta que e