Orson no pudo evitar pensarlo. La sola imagen de su hermana, frágil, rota, suspendida entre la vida y la muerte, hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas. Se odió por permitirse ese momento de debilidad, pero era imposible contenerlo. Camely siempre había sido su punto débil, incluso cuando se obligó a odiarla.
—¡Camely! —exclamó, con la voz cargada de rabia y desesperación—. Tienen que salvarla.
El médico frente a él mantuvo un tono profesional, casi distante, como si las palabras no tuvieran peso.
—Estamos haciendo todo lo posible.
Pero “todo lo posible” no era suficiente para Orson. Nunca lo era cuando se trataba de ella.
Con el pecho apretado, se alejó del pasillo y fue a ver a sus sobrinas. Sus pasos resonaban en el suelo del hospital, un sonido hueco que parecía acompañar su culpa. Al llegar a los cuneros, se detuvo. Las observó en silencio. Eran tan pequeñas, tan frágiles, envueltas en cables y mantas térmicas. Dos vidas nuevas que habían llegado al mundo en medio del caos.
Sin