Orson no pudo evitar pensarlo. La sola imagen de su hermana, frágil, rota, suspendida entre la vida y la muerte, hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas. Se odió por permitirse ese momento de debilidad, pero era imposible contenerlo. Camely siempre había sido su punto débil, incluso cuando se obligó a odiarla.
—¡Camely! —exclamó, con la voz cargada de rabia y desesperación—. Tienen que salvarla.
El médico frente a él mantuvo un tono profesional, casi distante, como si las palabras no tuvieran