—¿Y si es inocente? —preguntó Camely en un hilo de voz, con la mirada perdida en algún punto invisible del techo.
Orson la observó en silencio durante un segundo que se le hizo eterno. Había cansancio en sus ojos, pero también una dureza nacida del dolor y de la culpa acumulada.
—Camely, eso es imposible —respondió al fin, con un tono firme que no admitía discusión—. Él es como todos los Andrade. No te confundas ahora. Concéntrate en ti, en recuperarte, en tus hijas. Ellas te necesitan viva.
Camely asintió lentamente. Sabía que su hermano hablaba desde el miedo y la rabia, no desde la calma. Aun así, algo dentro de ella se resistía a aceptar una verdad tan simple.
—Me vengaré —murmuró, con una determinación que le quemaba el pecho.
Orson se inclinó hacia ella.
—Primero sobrevive, Camely —dijo con voz más suave—. Piensa en las niñas. La venganza no sirve de nada si no estás aquí para verlas crecer.
Ella volvió a asentir. El cansancio la venció. Apoyó la cabeza en la almohada, cerró los