—¿Y si es inocente? —preguntó Camely en un hilo de voz, con la mirada perdida en algún punto invisible del techo.
Orson la observó en silencio durante un segundo que se le hizo eterno. Había cansancio en sus ojos, pero también una dureza nacida del dolor y de la culpa acumulada.
—Camely, eso es imposible —respondió al fin, con un tono firme que no admitía discusión—. Él es como todos los Andrade. No te confundas ahora. Concéntrate en ti, en recuperarte, en tus hijas. Ellas te necesitan viva.
Cam