Zacarías se detuvo en seco frente al puente, con la mano apoyada en la frente, temblando levemente. Su respiración era irregular, sus pensamientos un torbellino que se mezclaba con la imagen de Camely: su rostro, su fragilidad, sus ojos que alguna vez lo miraron con amor y ahora parecían un espejismo imposible de alcanzar.
—Creí ver a Camely… estoy enloqueciendo —susurró para sí, con un hilo de voz que apenas se escuchaba.
Se dio la vuelta y, con movimientos mecánicos, se dirigió a su auto. Su corazón latía desbocado, y mientras arrancaba el vehículo, sentía un vacío que parecía tragárselo por completo. Cada curva del camino lo alejaba más de ella, pero su mente permanecía fija en aquel instante fugaz en el que la vio de lejos, detrás del puente. La desesperación y la culpa lo carcomían.
Apenas se perdió de su vista, Camely dejó escapar un gemido profundo, un lamento que parecía surgir desde lo más hondo de su cuerpo. Su rostro se tornó pálido, casi transparente, y el capataz que estab