Camely sentía miedo. Un miedo denso, espeso, que no solo le recorría el cuerpo, sino que parecía haberse instalado en su pecho, oprimiéndole los pulmones. Estaba atada.
Las cuerdas le mordían las muñecas y los tobillos, tensas, implacables, recordándole cada segundo que no tenía control alguno sobre su destino.
Le habían cubierto los ojos con una venda áspera que le rozaba la piel y le presionaba las sienes. La boca también estaba cubierta; no podía gritar, no podía suplicar, no podía pronunciar