Camely sentía miedo. Un miedo denso, espeso, que no solo le recorría el cuerpo, sino que parecía haberse instalado en su pecho, oprimiéndole los pulmones. Estaba atada.
Las cuerdas le mordían las muñecas y los tobillos, tensas, implacables, recordándole cada segundo que no tenía control alguno sobre su destino.
Le habían cubierto los ojos con una venda áspera que le rozaba la piel y le presionaba las sienes. La boca también estaba cubierta; no podía gritar, no podía suplicar, no podía pronunciar los nombres que ardían en su mente.
Su cuerpo temblaba sin que pudiera detenerlo. No era solo frío. Era terror puro, primitivo, el que nace cuando el instinto comprende antes que la razón que algo está terriblemente mal.
Cada sacudida involuntaria la traicionaba, haciéndole sentir aún más vulnerable, más pequeña.
El sonido del motor era lo único constante. El auto avanzaba, y cada curva, cada frenada leve, la desorientaba más. No sabía cuánto tiempo llevaba allí dentro. Podían haber sido minuto