—¡Zacarías!
El nombre escapó de los labios de Camely como un grito quebrado, cargado de incredulidad, alivio y un dolor que había estado contenido demasiado tiempo. Sus piernas temblaban, su cuerpo entero parecía a punto de colapsar, ahora que el terror empezaba, lentamente, a retirarse.
—Conny… no llores —dijo él con voz firme, pero suave—. Ya pasó. Vas a estar bien.
Zacarías se movió con rapidez. Sus manos, fuertes y decididas, desataron las cuerdas que aún aprisionaban sus muñecas y tobillos.