—¡Zacarías!
El nombre escapó de los labios de Camely como un grito quebrado, cargado de incredulidad, alivio y un dolor que había estado contenido demasiado tiempo. Sus piernas temblaban, su cuerpo entero parecía a punto de colapsar, ahora que el terror empezaba, lentamente, a retirarse.
—Conny… no llores —dijo él con voz firme, pero suave—. Ya pasó. Vas a estar bien.
Zacarías se movió con rapidez. Sus manos, fuertes y decididas, desataron las cuerdas que aún aprisionaban sus muñecas y tobillos.
Camely sintió el ardor de la sangre volviendo a circular, pero apenas le importó.
Cuando él la levantó de la silla, su cuerpo cedió contra el suyo, débil, exhausto. Por un segundo, Camely pensó que se desmayaría.
Sus miradas se encontraron.
Fue un instante breve, pero cargado de todo lo que no habían dicho, de todo lo que habían callado durante demasiado tiempo.
El miedo aún brillaba en los ojos de ella; en los de Zacarías había algo más… una mezcla peligrosa de rabia, preocupación y una necesi