El señor Lante rio como un maldito demente. No fue una risa normal, sino una carcajada hueca, retorcida, que resonó en las paredes vacías de aquella casa aislada, como si celebrara una ejecución invisible.
—¿Qué pasa? —dijo entre risas—. ¿No sabes lo que significa?
Gael lo miró, incrédulo, con la sangre, golpeándole los oídos.
—Ladrón que roba a ladrón… —continuó Lante, disfrutando cada palabra— tiene cien años de perdón.
La frase cayó como una bofetada. Gael sintió que el piso se abría bajo sus pies.
Corrió hacia las maletas, una tras otra, abriéndolas con movimientos desesperados, torpes, casi violentos. Todas estaban llenas de pequeños papelitos de colores. Confeti.
Una burla grotesca, una humillación diseñada para romperlo.
—No… —susurró—. No…
El aire se volvió pesado. Su respiración se agitó, el corazón le latía con tanta fuerza que le dolía.
Intentó acercarse a Lante, impulsado por la rabia, por la necesidad visceral de recuperar lo que era suyo. Pero no dio ni dos pasos cuando e