El señor Lante rio como un maldito demente. No fue una risa normal, sino una carcajada hueca, retorcida, que resonó en las paredes vacías de aquella casa aislada, como si celebrara una ejecución invisible.
—¿Qué pasa? —dijo entre risas—. ¿No sabes lo que significa?
Gael lo miró, incrédulo, con la sangre, golpeándole los oídos.
—Ladrón que roba a ladrón… —continuó Lante, disfrutando cada palabra— tiene cien años de perdón.
La frase cayó como una bofetada. Gael sintió que el piso se abría bajo sus