De pronto, Romina apretó el cuello de Alberto con ambas manos.
No fue un gesto impulsivo ni torpe. Fue preciso. Desesperado. Salvaje.
Sus dedos se cerraron con una fuerza que ni siquiera ella misma sabía que poseía, clavándose en la piel envejecida del hombre hasta hacerle arder la garganta.
Alberto abrió los ojos con horror. El aire se le negó de inmediato. Intentó apartarla, pero el impacto de la revelación previa lo había dejado débil, desorientado, sin reflejos.
No podía respirar.
El mundo c