De pronto, Romina apretó el cuello de Alberto con ambas manos.
No fue un gesto impulsivo ni torpe. Fue preciso. Desesperado. Salvaje.
Sus dedos se cerraron con una fuerza que ni siquiera ella misma sabía que poseía, clavándose en la piel envejecida del hombre hasta hacerle arder la garganta.
Alberto abrió los ojos con horror. El aire se le negó de inmediato. Intentó apartarla, pero el impacto de la revelación previa lo había dejado débil, desorientado, sin reflejos.
No podía respirar.
El mundo comenzó a oscurecerse en los bordes de su visión, mientras los latidos de su corazón golpeaban con violencia en sus oídos.
—¡Digo que quizás Zacarías o Jenny…! —escupió Romina con una risa deformada, cruel—. ¡Quizás uno de ellos no es tuyo! ¿O tal vez ninguno lo sea?
Su risa resonó como un eco enfermo dentro de la biblioteca.
—¿Sabes? —continuó, acercando su rostro al de él, disfrutando de su asfixia—. Yo ya aseguré mi futuro con Jenny. Por eso la drogué. La llevé directo a la cama de Delmar… y é