Jenny entró al despacho con una taza de té humeante entre las manos. El delicado aroma de las hierbas flotaba en el aire, pero no conseguía reconfortarla.
El vapor ascendía lentamente, como si intentara envolverla en una falsa sensación de calma, aunque su pecho permanecía frío, rígido, apretado por una angustia que no lograba nombrar.
Apenas cruzó el umbral, lo vio.
Su padre estaba sentado frente al escritorio, con la espalda ligeramente encorvada, como si los años, el cansancio y las decepcion