Jenny entró al despacho con una taza de té humeante entre las manos. El delicado aroma de las hierbas flotaba en el aire, pero no conseguía reconfortarla.
El vapor ascendía lentamente, como si intentara envolverla en una falsa sensación de calma, aunque su pecho permanecía frío, rígido, apretado por una angustia que no lograba nombrar.
Apenas cruzó el umbral, lo vio.
Su padre estaba sentado frente al escritorio, con la espalda ligeramente encorvada, como si los años, el cansancio y las decepciones hubieran decidido caerle encima de golpe.
No leía realmente el libro que sostenía; sus ojos estaban fijos en un punto invisible, perdidos en un lugar al que Jenny no tenía acceso. Aquella expresión de tristeza profunda, silenciosa y resignada le atravesó el corazón como una cuchilla afilada.
Nunca lo había visto así.
Y eso fue lo que más le dolió.
Siempre lo había considerado un hombre fuerte, sereno, casi inquebrantable. Incluso en los momentos más difíciles, él solía mantener una calma dign