Gael se incorporó del suelo con torpeza, impulsado más por la rabia que por la fuerza real de su cuerpo. El golpe aún le ardía en la mejilla, una quemazón punzante que se extendía hasta el oído, pero nada dolía tanto como la humillación.
Esa era la herida verdadera. La que no se veía. La que le carcomía el orgullo desde dentro.
Sus ojos, enrojecidos, parecían a punto de salirse de las órbitas. Respiraba con dificultad, como si el aire del hospital no fuera suficiente para llenar sus pulmones.
Cada inhalación era brusca; cada exhalación, un gruñido contenido.
—¡¿Qué te pasa?! —rugió al fin, señalando a Zacarías con un dedo tembloroso—. ¿Te atreves a golpearme… cuando fuiste tú quien dejó abandonada a mi hija, embarazada, el mismo día de su boda?
La acusación cayó como una losa. El pasillo del hospital, que hasta ese momento había estado lleno de murmullos, pasos apresurados y el pitido constante de las máquinas, pareció apagarse de golpe. El mundo se encogió, reducido a ese enfrentamien