—¡Es imposible! —gritó Zacarías, la voz quebrada y temblorosa, como si al pronunciar esas palabras intentara desgarrar la misma realidad—. ¡No puedes ser Camely! ¡Camely está muerta! ¡Esto no puede estar pasando!
Su respiración era un caos, rápida, entrecortada, como la de un hombre que despertara de una pesadilla interminable para descubrir que el horror continuaba, vivo y despiadado.
Cada inhalación era un desafío, cada exhalación un recordatorio de la ausencia que lo había consumido durante años. Sus manos temblaban de manera incontrolable, los dedos extendidos, intentando aferrarse a algo tangible en medio de la incredulidad.
Sus piernas amenazaban con fallarle, y su mirada, enloquecida y fija, no se apartaba de ella ni un segundo, como si el simple parpadeo pudiera hacerla desaparecer nuevamente de su mundo.
Ella, con una calma calculada, aunque cargada de tensión, llevó los dedos hacia su rostro con un gesto lento, casi ceremonial.
La multitud de emociones que parecía contener en