—¡Es imposible! —gritó Zacarías, la voz quebrada y temblorosa, como si al pronunciar esas palabras intentara desgarrar la misma realidad—. ¡No puedes ser Camely! ¡Camely está muerta! ¡Esto no puede estar pasando!
Su respiración era un caos, rápida, entrecortada, como la de un hombre que despertara de una pesadilla interminable para descubrir que el horror continuaba, vivo y despiadado.
Cada inhalación era un desafío, cada exhalación un recordatorio de la ausencia que lo había consumido durante a