Orson sonrió con una calma perturbadora, una de esas sonrisas que no buscan agradar, sino dominar.
Sus ojos brillaban con una satisfacción cruel mientras observaba a Romina, todavía de espaldas, todavía expuesta, todavía sangrando en silencio frente a todos.
Luego, con una lentitud deliberada, comenzó a aplaudir detrás de ella. No era un aplauso de celebración, sino uno calculado, hiriente, diseñado para que cada palmada resonara como una bofetada pública.
El sonido se expandió por el salón, rom