Orson sonrió con una calma perturbadora, una de esas sonrisas que no buscan agradar, sino dominar.
Sus ojos brillaban con una satisfacción cruel mientras observaba a Romina, todavía de espaldas, todavía expuesta, todavía sangrando en silencio frente a todos.
Luego, con una lentitud deliberada, comenzó a aplaudir detrás de ella. No era un aplauso de celebración, sino uno calculado, hiriente, diseñado para que cada palmada resonara como una bofetada pública.
El sonido se expandió por el salón, rompiendo el murmullo incómodo y atrayendo todas las miradas hacia Romina una vez más.
Era como si Orson se negara a permitirle desaparecer, a permitirle huir sin antes hundirla un poco más.
—Suegra… qué horror —dijo con fingida lástima, ladeando la cabeza—. De verdad espero que su hija sí sepa ser una mujer fiel.
Algunas personas rieron con nerviosismo, sin saber si debían hacerlo, pero incapaces de resistirse a la crueldad compartida.
Otras bajaron la mirada, incómodas, aunque ninguna se marchó.