Zacarías sintió que el mundo entero se desmoronaba frente a sus ojos. Cada latido de su corazón resonaba como un martillo golpeando su pecho, cada pulso le dolía como si alguien le clavara cuchillos invisibles en el interior.
La incredulidad lo paralizaba, y a la vez, un miedo profundo lo recorría de pies a cabeza.
Cuando finalmente levantó a Camely del suelo, sus manos temblorosas sostenían a la mujer que amaba con todo su ser, pero su voz se quebró en un lamento insoportable.
—¡¿Mi madre, Camely?! —exclamó Zac, mientras el dolor lo consumía desde lo más profundo de su ser—. Ella no pudo…
Sus palabras se apagaron antes de terminarse.
Porque algo dentro de él lo sabía, siempre lo había sabido, pero se había negado a aceptarlo: su madre nunca había sido la mujer bondadosa que él había creído durante años.
La traición, silenciosa y venenosa, ahora parecía concreta, casi palpable, flotando en el aire denso y cargado de secretos y mentiras.
Cada respiro era un recordatorio de todo lo que h