Zacarías sintió que el mundo entero se desmoronaba frente a sus ojos. Cada latido de su corazón resonaba como un martillo golpeando su pecho, cada pulso le dolía como si alguien le clavara cuchillos invisibles en el interior.
La incredulidad lo paralizaba, y a la vez, un miedo profundo lo recorría de pies a cabeza.
Cuando finalmente levantó a Camely del suelo, sus manos temblorosas sostenían a la mujer que amaba con todo su ser, pero su voz se quebró en un lamento insoportable.
—¡¿Mi madre, Came