Zacarías se acercó a ella con pasos lentos, casi medidos, como si avanzara sobre un terreno frágil que pudiera resquebrajarse con el menor descuido. Había en su forma de moverse una cautela extraña, un temor silencioso que no se debía al rechazo, sino a la certeza de que algo entre ellos ya estaba roto desde hacía tiempo.
Cuando por fin estuvo lo suficientemente cerca, le tomó el brazo. Su mano fue firme, decidida, pero no violenta; era el gesto desesperado de quien intenta retener lo que siente que se le escapa irremediablemente.
—¿Por qué me ofendes así? —preguntó con la voz quebrada, cargada de un dolor que había aprendido a ocultar—. Jamás dañé a mi esposa. Nunca. ¿Por qué tú y tu familia me odian tanto?
Conny reaccionó de inmediato y se soltó de su agarre, como si el contacto le hubiera quemado la piel. Un estremecimiento la atravesó por completo, violento, inexplicable. No era miedo.
Ojalá lo fuera. Era algo más profundo, más perturbador. Un calor abrasador le nacía en el vientre