Al llegar a la casa, Zacarías descendió del auto con el corazón latiéndole con una fuerza que no lograba controlar. Rodeó el vehículo, abrió la puerta del copiloto y, con extremo cuidado, bajó a Conny entre sus brazos.
Ella estaba tibia, demasiado tibia, y su respiración irregular le rozaba el cuello, provocándole una sensación incómoda, casi peligrosa. Avanzó lentamente hacia el interior, como si cada paso lo llevara más hondo a un territorio que sabía prohibido.
—Conny… —murmuró, intentando ma