Al llegar a la casa, Zacarías descendió del auto con el corazón latiéndole con una fuerza que no lograba controlar. Rodeó el vehículo, abrió la puerta del copiloto y, con extremo cuidado, bajó a Conny entre sus brazos.
Ella estaba tibia, demasiado tibia, y su respiración irregular le rozaba el cuello, provocándole una sensación incómoda, casi peligrosa. Avanzó lentamente hacia el interior, como si cada paso lo llevara más hondo a un territorio que sabía prohibido.
—Conny… —murmuró, intentando mantener la calma—. No sé a dónde llevarte.
Cerró la puerta tras de sí y el silencio de la casa lo envolvió de inmediato. Ese silencio pesado, cargado de recuerdos. Durante un instante dudó, de pie, en el vestíbulo, con ella sostenida contra su pecho.
El aroma de Conny —mezcla de perfume, sudor y algo más dulzón— le nubló los sentidos.
“La llevaré a casa. La dejaré en la habitación y mañana, cuando despierte, la llevaré con los suyos, pensó, aferrándose a esa idea como a un salvavidas.”
Sin embarg