—Tranquilas, pequeñas… —susurró con la voz quebrada—. Mamá va a estar bien. Vayan a descansar, ¿sí?
Intentó sonreír, pero el gesto fue frágil, casi una mentira piadosa. Sus manos temblaban al acomodarles el cabello, como si necesitara memorizar ese contacto por si algo salía mal.
Las niñas la miraban con ojos grandes, asustados, aferradas a su vestido, como si temieran que desapareciera en cualquier momento.
La niñera entró en silencio, con el rostro serio. No hizo preguntas. Simplemente, se ace