—Tranquilas, pequeñas… —susurró con la voz quebrada—. Mamá va a estar bien. Vayan a descansar, ¿sí?
Intentó sonreír, pero el gesto fue frágil, casi una mentira piadosa. Sus manos temblaban al acomodarles el cabello, como si necesitara memorizar ese contacto por si algo salía mal.
Las niñas la miraban con ojos grandes, asustados, aferradas a su vestido, como si temieran que desapareciera en cualquier momento.
La niñera entró en silencio, con el rostro serio. No hizo preguntas. Simplemente, se acercó, tomó a las niñas de la mano y las condujo fuera de la habitación. Antes de salir, una de ellas se giró y la miró por última vez. Ese vistazo le apretó el pecho con más fuerza que cualquier dolor físico.
Cuando la puerta se cerró, el silencio cayó como un peso insoportable.
Poco después llegó el doctor. El ambiente se llenó de pasos rápidos, murmullos profesionales y el olor frío del alcohol médico. La revisaron con cuidado, tomaron su presión, intercambiaron miradas discretas.
Ella apenas e