Álvaro Delmar luchaba por conseguir la libertad de Avana, hasta que sintió que no podría hacerlo solo.
—¡Dime que lo tienes, maldita sea! —rugió Álvaro por el teléfono; su voz era un trueno. Cuando le dijeron que no podían.
Llamó a su padre y a su tío, hombres de poder que movían los hilos del país, exigiendo su ayuda. El muro legal que Agustín Miles había construido era alto y estaba cimentado en mentiras muy bien tejidas, pero, cuando su padre y tío se enteraron, no dudaron en ayudarlo e ir ha