Orson tomó a Zacarías del cuello de la camisa con una fuerza que no intentó disimular. Sus dedos temblaban, no por debilidad, sino por una furia contenida durante demasiado tiempo. Sus ojos, enrojecidos, ardían de odio y de una frustración que ya no sabía cómo canalizar.
—Dijiste que la cuidarías —escupió, con la voz rota—. ¡Lo juraste! Y gracias a ti… gracias a ti, ¡mi hermana está muerta!
Lo empujó con desprecio y lo soltó de golpe. Zacarías retrocedió un paso, bajó la mirada incapaz de sostener esos ojos acusadores. Las lágrimas le nublaban la vista, le quemaban el pecho, le partían el alma en dos.
—¡Lo siento…! —murmuró, como si esa palabra pudiera reparar algo—. Dios sabe que lo siento…
Orson soltó una carcajada amarga, hueca.
—¿Lo sientes? —repitió—. ¿Eso es todo? ¿Crees que decir “lo siento” devuelve a Camely a la vida?
Gael intentó intervenir, alterado.
—¡Esto ya es suficiente! ¡Debe calmarse!
Pero Orson apenas lo escuchó.
En su mente, la voz de Camely resonaba con claridad cru