Orson tomó a Zacarías del cuello de la camisa con una fuerza que no intentó disimular. Sus dedos temblaban, no por debilidad, sino por una furia contenida durante demasiado tiempo. Sus ojos, enrojecidos, ardían de odio y de una frustración que ya no sabía cómo canalizar.
—Dijiste que la cuidarías —escupió, con la voz rota—. ¡Lo juraste! Y gracias a ti… gracias a ti, ¡mi hermana está muerta!
Lo empujó con desprecio y lo soltó de golpe. Zacarías retrocedió un paso, bajó la mirada incapaz de sosten