Camely abrió los ojos con lentitud, como si cada pestañeo le pesara toneladas. El sol se colaba sin pudor por la ventana, filtrándose entre las cortinas y cayendo directo sobre su rostro. La luz era cálida, casi amable, pero su cuerpo se sentía todo menos eso. Estaba exhausta, dolorida, como si hubiera corrido durante horas sin detenerse. Cada músculo protestaba. Cada respiración le recordaba que algo no estaba bien.
Cerró los ojos otra vez, intentando aferrarse al sueño, deseando volver a ese limbo donde no tenía que pensar, donde no existía el pasado ni el presente. Pero fue inútil. Un recuerdo emergió con violencia, rompiendo cualquier intento de calma.
Se incorporó de golpe, como si acabara de despertar de una pesadilla.
—¿Dónde estoy…? —maldijo entre dientes, con la voz ronca, el corazón latiéndole con fuerza.
Miró a su alrededor, desorientada. El cuarto. Las paredes. Los muebles. Todo era demasiado familiar. Demasiado.
Un escalofrío le recorrió la espalda cuando la comprensión la