Edmund y Gael la rodearon de inmediato, cada uno sosteniéndola, por un lado, como si temieran que Gala se desmoronara ahí mismo, frente a todos. El cuerpo de la joven temblaba sin control; su respiración era irregular, entrecortada, como si el aire ya no quisiera entrar en sus pulmones.
—¡Cálmate, hija! —suplicó Edmund, apretándola contra su pecho, intentando protegerla de las miradas, del murmullo, de la vergüenza que se había vuelto insoportable.
—¡Papá…! —sollozó Gala, con la voz rota—. ¡Zaca