Camely conducía con la vista fija en el camino, pero la mente muy lejos de ahí. El interior del auto estaba envuelto en un silencio denso, casi opresivo, como si el aire pesara más de lo normal.
Solo se escuchaba el murmullo constante del motor y la respiración pausada de las niñas, que dormían en el asiento trasero, ajenas a la tormenta emocional que se desarrollaba frente a ellas.
Zacarías iba a su lado, rígido, inmóvil. No miraba a Camely, ni al paisaje que pasaba a toda velocidad por la ventana. Sus ojos estaban clavados al frente, vacíos, apagados, como si alguien le hubiera arrancado el alma y solo quedara el cuerpo cumpliendo una función mecánica.
Tenía los hombros caídos, la mandíbula tensa, y en su rostro se reflejaba un agotamiento profundo, uno que no provenía del cansancio físico, sino de algo mucho más devastador.
Camely lo observó de reojo. Le dolía verlo así. Le dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Zac… —murmuró con cautela, como si temiera que su voz pudiera