Al día siguiente.
Rosanne estaba lista.
El espejo le devolvía una imagen firme, contenida, casi solemne. Llevaba un vestido sastre impecable, de líneas sobrias, que marcaba autoridad sin necesidad de exagerar. El abrigo descansaba sobre sus hombros como una armadura discreta. No era vanidad lo que la ocupaba en ese momento, sino una determinación profunda, silenciosa, construida con noches sin dormir, con ideas pulidas una y otra vez hasta sangrar.
Respiró hondo.
Roberto llegó puntual. Tocó la p