El hombre dejó la laptop sobre la mesa sin pronunciar una sola palabra. El gesto fue preciso, casi solemne. Sus dedos ásperos se separaron del dispositivo con una lentitud calculada, como si comprendiera que no estaba entregando solo una computadora, sino algo mucho más valioso: el futuro de alguien… o su completa ruina.
Yara la observó en silencio.
Durante un instante no la tocó. La miró como quien contempla un trofeo largamente anhelado, como quien sabe que ha ganado antes incluso de que la pa