Pronto, Zacarías lo supo.
La noticia le llegó como un golpe seco al pecho, uno de esos que no te dejan respirar de inmediato.
Su madre había sido detenida.
No hubo gritos ni celebraciones. Solo un silencio denso, incómodo, que se instaló entre todos mientras regresaban a casa. El trayecto fue rápido, pero eterno. Zacarías no dejaba de pensar en su padre, en si ese nuevo impacto podría afectarlo, en si su frágil recuperación resistiría otra sacudida emocional.
Apenas cruzaron la puerta, Zacarías y Jenny corrieron hacia la habitación.
Alberto estaba despierto.
Tenía los ojos abiertos, algo cansados, pero lúcidos. Al verlos, intentó incorporarse un poco, y aunque el movimiento fue torpe, estaba consciente. Vivo. Presente.
El alivio fue inmediato.
Poco después llegó el neurólogo. Revisó reflejos, habló despacio con Alberto, le pidió que repitiera palabras sencillas, que moviera las manos. El hombre obedecía con esfuerzo, pero lo hacía.
—Mañana le haremos más estudios —dijo finalmente el mé